SOCORRO – Elsa Bornemann

Hoy quiero homenajear a una joya de la literatura con la que me inicié en el terror literario cuando era chiquita (¡bah!, tenía la edad de ustedes…¡era chiquita para ciertas cosas y grande para otras según mis papás!).

Recuerdo que en la escuela todo el mundo hablaba sobre estos cuentos que en ese momento (entre los 10 y los 12 años) lograban asustarte. ¡Al menos en aquellos años daban miedito!

Casas embrujadas, crímenes misteriosos, fantasmas e inclusive arañas gigantes es un poco de lo que encontrarán al recorrer estas horrorosas páginas. Cuentos como “La del once Jota“, “Manos”, “La casa viva“, “El Manga” y “Aquel cuadro” erizarán la piel de quien los lea y maravillarán a todos los amantes del terror.

Hoy los invité a escribir otro cuento a partir de la lectura de “Manos” que ahora postearán con sus nombres aquí debajo luego de haber sido editado por al menos 2 personas aparte de ustedes. 

Y acá les copio la historia a los papás que, ya a esta altura, deben estar intrigados ¡y con ganas de leer el original! 🙂

MANOS

Montones de veces -y a mi pedido- mi inolvi¬dable tío Tomás me contó esta historia “de miedo” cuando yo era chica y lo acompañaba a pescar ciertas noches de verano.
Me aseguraba que había sucedido en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. En Pergamino o Junín o Santa Lucía… No recuerdo con exactitud este dato ni la fecha cuando ocurrió tal acontecimiento y -lamentablemente- hace años que él ya no está para aclararme las dudas. Lo que sí recuer¬do es que -de entre todos los que el tío solía narrarme mientras sostenía la caña sobre el río y yo me echaba a su lado, cara a las estrellas- este relato era uno de mis preferidos.
-¡Te pone los pelos de punta y -sin embargo-encantada de escucharlo! ¿Quién entiende a esta sobrina? -me decía el tío-. Ah, pero después no quiero quejas de tu mamá, ¿eh? Te lo cuento otra vez a cambio de tu promesa…
Y entonces yo volvía a prometerle que guardaría el secreto, que mi madre no iba a enterarse de que él había vuelto a narrármelo, que iba a aguantarme sin llamarla si no podía dormir más tarde cuando -de regreso a casa- me fuera a la cama y a la soledad de mi cuarto.
Siempre cumplí con mis promesas. Por eso, esta historia de manos -como tantas otras que sospecho eran inventadas por el tío o recordadas desde su propia infancia- me fue contada una y otra vez.
Y una y otra vez la conté yo misma -años después- a mis propios “sobrin-hijos” así como -ahora- me dispongo a contártela: como si -también-fueras mi sobrina o mi sobrino, mi hija o mi hijo y me pidieras:
-¡Dale, tía; dale, mami, un cuento “de miedo”! Y bien. Aquí va:

Martina, Camila y Oriana eran amigas amiguísimas.
No sólo concurrían a la misma escuela sino que -también- se encontraban fuera de los horarios de las clases. Unas veces, para preparar tareas escola¬res y otras, simplemente para estar juntas.
De otoño a primavera, las tres solían pasar algunos fines de semana en la casa de campo que la familia de Martina tenía en las afueras de la ciudad.
¡Cómo se divertían entonces! Tantos juegos al aire libre, paseos en bicicleta, cabalgatas, fogones al anochecer…
Aquel sábado de pleno invierno -por ejemplo- lo habían disfrutado por completo. Y la alegría de las tres nenas se prolongaba -aún- durante la cena en el comedor de la casa de campo porque la abuela Odila les reservaba una sorpresa: antes de ir a dormir les iba a enseñar unos pasos de zapateo americano, al compás de viejos discos que había traído especialmente para esa ocasión.
Adorable la abuela de Martina. No aparentaba la edad que tenía. Siempre dinámica, coqueta, de buen humor, conversadora…
Había sido una excelente bailarina de “tap” . Las chicas lo sabían y por eso le habían insistido para que bailara con ellas.
-¿Por qué no lo dejan para mañana a la tardecita, ¿eh? Ya es hora de ir a descansar. Además, la abuela no paró un minuto en todo el día. Debe de estar agotada.
La mamá de Martina trató -en vano- de convencerlas para que se fueran a dormir A las cuatro y no sólo a las niñas, porque la abuela tampoco estaba dispuesta a concluir aquella jornada sin la anunciada sesión de baile. Así fue como -al rato y mientras los padres, los perros y la gata se ubica¬ban en la sala de estar a manera de público- la abuela y las tres nenas se preparaban para la función casera de zapateo americano.
Afuera, el viento parecía querer sumarse con su propia melodía: silbaba con intensidad entre los árboles.
Arriba -bien arriba- el cielo, con las estrellas escondidas tras espesos nubarrones.
La improvisada clase de baile se prolongó cerca de una hora. El tiempo suficiente como para que Martina, Camila y Oriana aprendieran -entre risas-algunos pasos de “tap” y la abuela se quedara exhausta y muy acalorada.
Pronto, todos se retiraron a sus cuartos.
Alrededor de la casa, la noche, tan negra como el sombrero de copa que habían usado para la función.

Las tres nenas ya se habían acostado. Ocupaban el cuarto de huéspedes, como en cada oportuni¬dad que pasaban en esa casa.
Era un dormitorio amplio, ubicado en el primer piso. Tenía ventanas que se abrían sobre el parque trasero del edificio y a través de las cuales solía filtrarse el resplandor de la luna (aunque no en noches como aquella, claro, en la que la oscuridad era un enorme poncho, cubriéndolo todo).
En el cuarto había tres camas de una plaza, colocadas en forma paralela, en hilera y separadas por sólidas mesas de luz.
En la cama de la izquierda, Martina, porque prefería el lugar junto a la puerta. En la cama de la derecha, Camila, porque le gustaba el sitio al lado de la ventana.
En la cama del medio, Oriana, porque era miedosa y decía que así se sentía protegida por sus amigas.
Las chicas acababan de dormirse cuando las despertó -de repente- la voz del padre. Termina¬ba de vestirse -nuevamente y de prisa- a la par que les decía:
-La abuela se descompuso. Nada grave -creemos-, pero vamos a llevarla hasta el hospital del pueblo para que la revisen, así nos quedamos tranquilos. Enseguida volvemos. Ah, dice mamá que no vayan a levantarse, que traten de dormir hasta que regresemos. Hasta luego.
¿Dormir? ¿Quién podía dormir después de esa mala noticia? Las chicas no, al menos, preocupadas como se quedaban por la salud de la querida abuela. Y menos pudieron dormir minutos des¬pués de que oyeron el ruido del auto del padre, saliendo de la casa, ya que a la angustia de la espera se agregó el miedo por los tremendos rui¬dos de la tormenta que -finalmente- había decidido desmelenarse sobre la noche.

Truenos y rayos que conmovían el corazón. Relámpagos, como gigantescas y electrizadas luciérnagas.
El viento, volcándose como pocas veces antes. ¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo! gritó Oriana, de repente.
Las otras dos también lo tenían pero permane¬cían calladas, tragándose la inquietud.
Martina trató de calmar a su amiguita (y de cal¬marse, por qué negarlo) encendiendo su velador. Camila hizo lo mismo.
La cama de Oriana fue entonces la más iluminada de las tres ya que al estar en el medio de las otras recibía la luz directa dedos veladores.
No pasa nada. La tormenta empeora la situación, eso es todo decía Martina; dándose ánimo ella también con sus propios argumentos.
Enseguida van a volver con la abuela. Seguro opinaba Camila.
Y así entre las lamentaciones de Oriana y las palabras de consuelo de las amigas más corajudas transcurrió alrededor de un cuarto de hora en todos los relojes.
Cuando el de la sala grande y de péndulo marcó las doce con sus ahuecados talanes, las jovencitas ya habían logrado tranquilizarse bastante, a pesar de que la tormenta amenazaba con tornarse inacabable.
Las luces se apagaron de golpe.
-¡No me hagan bromas pesadas! -chilló Oriana-. ¡Enciendan los veladores otra vez, malditas! -y asustada, ella misma tanteó sobre las mesitas para encontrar las perillas.
Sólo encontró las manos de sus amigas, hacien¬do lo propio.
-¡Yo no apagué nada, boba! protestó Camila.
-¡Se habrá cortado la luz! supuso Martina.
Y así era nomás. Demasiada electricidad hacien¬do travesuras en el cielo y nada allí en la casa donde tanto se la necesitaba en esos momentos…
Oriana se echó a llorar, desconsolada.
-¡Tengo miedo! ¡Hay que ir a buscar las velas a la cocina! ¡Hay que bajara buscar fósforos y velas! ¡O una linterna!
-“¡Hay que!” “¡Hay que!” ¡Qué viva la señorita! ¿Y quién baja, ¿eh? ¿Quién? se enojó Camila. Yo, ¡ni loca!
-¡Yo tampoco! agregó Martina. Esta Oriana se cree que soy la Super-niña, pero no. Yo, también tengo miedo, ¡qué tanto! Además, mi mamá nos recomendó que no nos levantáramos, ¿recuerdan?
Oriana lloraba con la cabeza oculta debajo de la almohada.
-Buaaaah… ¿Qué hacemos entonces? ¡Me muero de miedo! Por favor, bajen a buscar velas… Sean buenitas… Buaaah…
Martina sintió pena por su amiga. Si bien eran de la misma edad, Oriana parecía más chiquita y se comportaba como tal. Se compadeció y actuó -entonces- cual si fuera una hermana mayor.
– Bueno, bueno; no llores más, Ori. Tranquila..: Se me ocurrió una idea. Vamos a hacer una cosa para no tener más miedo, ¿sí?
– ¿Qué..? -balbuceó Oriana.
-¿Qué cosa? -Camila también se mostró intere¬sada, lógico (aunque seguía sin quejarse, el temor la hacía temblar).
Martina continuó con su explicación:
-Nos tapamos bien -cada una en su cama- y estiramos los brazos, bien estirados hacia afuera, hasta darnos las manos.
Enseguida, lo hicieron.
Obviamente, Oriana fue la que se sintió más amparada: al estar en el medio de sus dos amigas y abrir los brazos en cruz, pudo sentir un apretoncito en ambas manos.
-¡Qué suertuda Ori!, ¿eh? -bromeó Camila.
-Desde tu cama se recibe compañía de los dos
-En cambio, nosotras… -completó Martina- só¬lo con una mano…
Y así -de manos fuertemente entrelazadas- las tres niñas lograron vencer buena parte de sus miedos.
Al rato, todas dormían.
Afuera, la tormenta empezaba a despedirse.
Gracias a Dios, la abuela ya se siente bien -les contó la madre al amanecer del día siguiente, en cuanto retornaron a la casa con su marido y su suegra y dispararon al primer piso para ver cómo estaban las chicas-. Fue sólo un susto. Como -a su regreso- las niñas dormían plácidamente, la abuela misma había sido la encargada de despertarlas para avisarles que todo estaba en orden. ¡Qué alegría!
-Así me gusta. ¡Son muy valientes! Las felicito -y la abuela las besó y les prometió servirles el de-sayuno en la cama, para mimarlas un poco, des¬pués de la noche de nervios que habían pasado.
-No tan valientes, señora… Al menos, yo no… -susurró Oriana, algo avergonzada por su compor-tamiento de la víspera-. Fue su nieta la que consiguió que nos calmáramos…

Tras esta confesión de la nena, padres y abuela quisieron saber qué habían hecho para no asustarse demasiado.
Entonces, las tres amiguitas les contaron:
-Nos tapamos bien, cada una en su cama como ahora…
-Estiramos los brazos así, como ahora…
-Nos dimos las manos con fuerza, así, como ahora…
¡Qué impresión les causó lo que comprobaron en ese instante, María Santísima! Y de la misma no se libraron ni los padres ni la abuela.
Resulta que por más que se esforzaron -estirando los brazos a más no poder-sus manos infantiles no llegaban a rozarse siquiera.
¡Y había que correr las camas laterales unos diez centímetros hacia la del medio para que las chicas pudieran tocarse -apenas- las puntas de los dedos!
Sin embargo, las tres habían -realmente- sentido que sus manos les eran estrechadas por otras, no bien llevaron a la acción la propuesta de Martina.
-¿Las manos de quién??? -exclamaron enton¬ces mientras los adultos trataban de disimular sus propios sentimientos de horror.
-¿¿¿ De quiénes ??? -corrigió Oriana con una mueca de espanto.
¡Ella había sido tomada de ambas manos!

Manos.
Cuatro manos más aparte de las seis de las niñas, moviéndose en la oscuridad de aquella noche al encuentro de otras, en busca de aferrarse entre sí. Manos humanas.
Manos espectrales.
(Acaso -a veces, de tanto en tanto- los fantasmas también tengan miedo… y nos necesiten…)

FIN

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7 respuestas a SOCORRO – Elsa Bornemann

  1. SOFI dijo:

    Manos

    Un día en una noche de invierno en la casa de Manuel iba a ver un fiesta de terror (para festejar su cumpleaños nº 8). Su mamá, el papá y el hermanito de 4 años lo ayudaron con la decoración de su fiesta: arañas colgantes, telas de araña y mucha comida, como una montaña de hamburguesas con kétchup que le chorreaba como sangre, galletitas con forma de fantasma y mucho más.
    Cuando ya estaba todo listo el hermanito le pregunta –Yo puedo jugar con TUS amigos (como cualquier hermanito chiquito).
    Manuel le contesto – ¡NO! Y el chiquito se tuvo que ir con sus padres.
    De repente los invitados empezaron a llegar y Manuel tuvo que abrir y cerrar la puerta mil veces ya estaba medio cansado, pero eran sus invitados… Los disfraces eran de vampiros, arañas, murciélagos y más, pero el mejor era el de Manuel. Luego de un rato empezó la hora de cenar y todos los niños se avalanzaron a la mesa; algunos agarraban papas fritas, otros hamburguesas, otros galletitas. Manuel decidió agarrar una hamburguesa y al mirar a la cocina, vio una sombra como de un fantasma con una mano peluda y grande…
    Uno de sus amigos le dice: -Hola que pasa viste un fantasma o QUE. (Él se lo dijo con voz burlona cosa que no le cae bien eso a Manuel)
    – No… (pero eso era mentira el creyó que había visto un fantasma – mounstro).
    Después fueron a ver una película de miedo y el decidió ir al living a buscar los pochoclos y… vio otra vez esa mano rara con ese cuerpo raro, pero esta vez se asustó más. Cerró los ojos y corrió. Cuando finalmente había cruzado el camino lleno de sweaters, agarró los pochoclos y volvió por ese camino hacia la película.
    Cuando llegó dejo los pochoclos y decidió ir con sus padres, entonces…

    FIN

  2. tin reynal y mati giambruni dijo:

    MANOS
    Había una vez tres chicos llamados Agustín, Matías y Gastón. Estaban en el campo de Agustín. Ellos jugaron al fútbol, a las escondidas, ping pong y por ultimo se les había hecho la hora de cenar.
    Comieron pastas y los mandaron a dormir. Ya eran la 10:00 p.m. y no podían conciliar el sueño. Gastón era muy miedoso entonces el era el que tenia mas miedo de los tres. De repente se callo la ventana y se corto la luz. Agustín tuvo una idea agarrar la linterna que estaba adentro de la mesita de luz. Cuando la quiso prender no andaba y nadie se animaba ir a buscar pilas abajo. Después de un largo rato la luz se encendió y se apago. En ese mismo instante lograron ver un alíen con 7 manos.
    Trataron de taparse pero antes de que pudieran el alíen los agarro con 2 manos a cada uno, los ahorco y se murieron los tres. Luego los padres llegaron y dijeron ” que a pasado” y el alíen apareció atrás de ellos………

    Fin
    Mati y Tin

  3. Juan Cruz y Alfon dijo:

    Manos
    Un día de invierno, en Londres, durante el año 1870, tres amigos amigos inseparables llamados: Pancrasio, Hermenegildo y Miguel Ángel se juntaron en su casa del árbol para pasar la noche.
    A la hora de dormir empezó a llover a cantaros y a los amigos les empezó a dar miedo, entonces, decidieron agarrarse las manos.
    La mañana siguiente los papás de Miguel Ángel los fueron a despertar. Los chicos les dijeron que tuvieron miedo en la noche y los papás les preguntaron que hicieron para sacárselo, ellos les mostraron como habían hecho y se dieron cuenta de que no llegaban a tocarse las manos.
    Finalmente cuando se estaban yendo vieron una placa que decía que Drácula y Frankenstein estaban enterrados abajo de ellos. La leyenda dice que a la noche Drácula muerde a las personas y Frankestein las asusta y también los dos hacen bromas.

  4. Agus Bravo y Gasti Posse dijo:

    MANO

    Había una vez, un chico llamado Teodoro. Un día el estaba jugando con su mejor amigo, Humberto. Mientras ellos estaban jugando, Teo encontró un libro llamado MANOS. A Humbi no le interesaban los libros, en cambio a Teodoro le encantaban.
    Ellos decidieron leerlo. Al abrirlo salieron dos manos horrorosas y espectrales. Esas manos agarraron de los brazos a Teodoro y Humberto, al hacer eso, los metieron dentro del libro y los llevaron a otro mundo. Cuando llegaron se encontraron con un chico llamado Tristán. A el le había pasado lo mismo. Ellos se hicieron amigos, decidieron explorar el nuevo mundo. El lugar era muy oscuro pero se podía ver.
    Mientras caminaban, Tristán encontró unportal que era la única salida. Cuando estaban a 100 metros de de llegar , se les aparecieron unas manos gigantes que los atacaron. Finalmente Tristán se sacrificó, Humberto y Teodoro pudieron escapar.

    de: AGUS Y GASTI

  5. iñaki tolosa clavel dijo:

    En 1907 en Plaza Francia yo estaba tranquilamente caminando, cuando derepente me agarraron unos tipos con mascaras negras osea LADRONES!!! Me pegaron hasta desmallarme. Cuando desperté estaba adentro de un basurero con un tatuaje en la palma de la mano con forma a un dragón Chino. Pasaron 5 años y yo seguí mi vida como si no hubiera pasado nada, hasta que estaba tomando café con una amiga de la facultad y cuando ella iba a agarrar la taza noté que tenía una marca en la mano, ella me la mostró y si uníamos las manos hacíamos un dibujo. Entonces fuimos a la biblioteca. Nos fijamos y esa marca significaba una antigua figura China de los reyes de la dinastía INGE, que quien tenía en la mano una forma que al unirse se formaba un Dragón Chino se tenían que casar. y así fue como me case con una chica que ni conocia.

    FIN

  6. Chopa y Feli dijo:

    Manos
    Un día como cualquiera en la escuela, Agusto y Juan Miguel como de costumbre se pelearon. Ellos eran dos chicos de sexto grado con mucho caracter.
    Augusto era miedoso, peleador, gracioso y tacaño, en cambio Juan Miguel era aburrido, valiente, gruñon y muy generoso.
    En un recreo estaban jugando a verdad y consecuencia con Luna y Belén y cuando le tocó el turno a Juan Miguel eligió consecuencia, entonces las chicas decidieron; para que aprendieran a estar juntos sin peleearse, que el debería pasar la noche con Augusto en el cementerio, a lo que Augusto trató de negarse porque era muy miedoso, pero en cambio a Juan Miguel lo único que le molestaba era tener que pasar toda una noche con él, pero igual tuvieron que aceptar los dos el desafío.
    Decidieron que llevarían sus bolsas de dormir para pasar la noche y ese mismo día al atardecer se encontraron en el cementerio. Cuando empezó a oscurecer prepararon sus bolsas de dormir y empezaron a investigar el lugar. El cementerio era muy grande y con muchas sepulturas.
    Al dar las doce de la noche en el reloj del campanario ellos aún estaban despiertos y decidieron acostarse, pero cuando estaban a punto de dormirse sintieron unos extraños ruidos que iban en aumento y surgían de las tumbas, las que empezaron a temblar y la tierra a abrirse; entonces vieron que algo salía a la superficie, se movian rápidamente hacia ellos, no lograban ver que eran y de repente se dieron cuenta….. eran manos!!! verdes casi violetas, parecía que habían sido estranguladas, peludas, con uñas largas y sucias, a algunas les quedaban solo dos dedos y cada vez estaban más cerca!!! Por un momento los chicos quedaron impactados, sintieron escalofríos y de repente ….. estaban rodeados no sabían que hacer y ya casi las tenían encima solo en ese momento se abrazaron temblando.
    Nadie sabe el final de esta historia porque Augusto y Juan Miguel nunca volvieron a aparecer igual que todos aquellos que después de ellos entraron al cementerio……. FIN?????
    by Chopa & Feli

    • marielamercuri dijo:

      ¡Muy bueno! Felicitaciones, chicas. Y un gracias especial a la mamá de Feli por acompañarlas en la redacción.
      Marie

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